Es ya un lugar común del pensamiento contemporáneo que el lenguaje juega un papel fundamental en la constitución de la intimidad y, más allá, del mundo humano. La trama simbólica del lenguaje es la matriz desde la que interpretamos la realidad y la hacemos nuestra. En gran medida, las posibilidades de lo real se nos revelan o se nos ocultan según sean las virtualidades del lenguaje en el que nos vivimos y entendemos. Y viceversa: los embates de la realidad nos van obligando a forzar los límites del lenguaje, a reinventarlo, para que éste pueda decir aquello que no puede decirse y hasta ahora es puro balbuceo. Esa es quizá justamente la “función” propia de los poetas y de los filósofos. Es por eso que todo los poderes de la historia que se han se han pretendido totales y absolutos han intentado colonizar el lenguaje, subvertir sus significados para manipularlos y ponerlos al servicio de su propia intención perversa. Es una operación monstruosa y fundamental de todo poder, que éste entiende como vital para él. No se trata tan sólo de dictar una “moral revolucionaria” o de determinar cuáles son los temas permitidos y cuáles son las urgencias del pensamiento, sino de atacar precisamente el núcleo duro que posibilita cualquier pensamiento o, dado el caso, lo obtura: el lenguaje. Toda refundación de la república implica la refundación del lenguaje. Por eso, también, la primera forma de resistencia, no la más “efectiva”, pero si la más fundamental, en el sentido de ser la base que hace posible cualquier otra, es precisamente negarse a hablar y a pensar con las vigencias del lenguaje que se intenta imponer desde arriba para obligarnos a creer que la realidad que imagina el poder tiene alguna sustantividad (El problema es, que de hecho, la va cobrando en la medida que ese lenguaje va cristalizando en las conciencias). Para entender esto vale la pena, por ejemplo, leerse el extraordinario testimonio de Víctor Klemperer titulado LTI, que describe de primera mano cómo se fue realizando esa operación en los oscuros días del Tercer Reich. El libro muestra cómo la “refundación” del lenguaje, su encorsetamiento en las estrechas “categorías” del “pensamiento” nazi fue haciendo, de hecho, cada vez más irrespirable la realidad. Una cosa asombrosa que describe Klemperer es cómo la neolingua del régimen fue infiltrándose incluso en el habla de sus mismos opositores. Exactamente como hoy en día todo el mundo habla de la “cuarta” y de la “quinta” repúblicas, como si esas voces vacías pero cargadas de intencionalidad ideológica se correspondieran con alguna realidad histórica. Curioso: el régimen nazi se dio a sí mismo un contexto “histórico” mítico, según el cual él encarnaba el “Tercer Reich”, heredero legítimo del “primero” (el Sacro Imperio Romano Germánico) y del “segundo” (la Alemania unificada en 1870 bajo la égida de la Prusia de los Hohenzollern).
Es una sutil infiltración del lenguaje que nos va colonizando interiormente, si no nos defendemos y nos empeñamos en mantener viva nuestra manera de pensar y en desarrollarla creativamente, haciendo caso omiso del dictado vertical de los sacerdotes del culto estatal. Cuando el poder prohibe libros y los quema (acto al que sigue, poco después, la quema de sus autores), no persigue tanto las ideas que estos contienen, sino el lenguaje que las hace posible. Sin un lenguaje libre no hay ideas libres. Por ello, una de las primeras formas de asumirnos como personas autónomas frente al poder que nos quiere sumisos es hacernos con el poder de nuestro propio lenguaje: no dejar que este nos hable, sino ser nosotros mismos quienes lo hablemos y lo pensemos. Y, en este sentido, leer y pensar lo que nos cautive, lo que nos hace vibrar en lo más íntimo, independientemente de su “vigencia”, de su “importancia”, de su “utilidad” o aún de su “pertinencia” puede ser un acto absolutamente irrenunciable de responsabilidad y de ejercicio de la libertad. Si personalizamos nuestro lenguaje, personalizamos nuestro pensamiento: nos lo apropiamos, lo hacemos nuestro, lo convertimos en expresión de eso único y singular que somos cada uno de nosotros.
La vida en libertad exige no sólo la libertad del pensamiento, sino primero la libertad del lenguaje.

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